domingo, 10 de agosto de 2014

'Dobaño Style'

Dos años después de mi última entrada, reemprendo mi actividad bloggera con una referencia y una historia recientes que describen en cierta medida en lo que me he convertido: 'Dobaño Style', dos palabras que unidas pretenden definir una manera de enfocar o hacer algunas las cosas, diferentes a lo convencional. Todos somos únicos, todos somos no-convencionales por definición, pero algunos nos salimos, tal vez, más de la media y eso acaba generando controversias buenas y malas.

Yo no inventé ese doble término. Alguno de mis más allegados lo han ido acuñando a base de conocer mis acciones y reacciones. Así de sencillo. No soy ni mucho menos un tipo especialmente valiente y tirado hacia adelante en todo. A menudo en mi vida personal, dudo demasiado y no doy pasos que serían necesarios dar, pero en otros momentos, y como de un reto de autosuperación necesario fuera, soy capaz de hacer cosas seguramente nada fáciles. Esa 'necesidad' de buscar mis límites y ponerlos a prueba, me hacen sentir vivo, fuerte, capaz de vivir el día a día, que bastante difícil se pone en numerosas ocasiones. Diríase que es como una especie de droga inofensiva (según como se mire...), que me alimenta el espíritu.

Foto de un rincón en las termas del Jordan
Y para ejemplarizarlo, mi última 'aventura' vivida en el corazón de la argentina provincia de Jujuy, al límite con Bolivia. Dicho territorio, es una bella tierra de contrastes en todos los campos y en el natural, también. Pasas del más árido de los terrenos, a frondosos bosques subtropicales (Yungas), en cuestión de minutos. Las Yungas son reinado del feroz Yaguareté (jaguar para nosotros), y en mi demasiado tranquilo viaje con mis padres e hijos chicos, supe de unas hermosas termas naturales que brotan en medio de la yunga profunda, formando un río de aguas termales que en su corto recorrido, engloba tres ollas y una cascada antes de fundirse con el río Jordan.

El problema, lo remota de su ubicación respecto a la población de cierta entidad más cercana; en este caso, Calilegua. Según nos contó el responsable de nuestro hostel, el ingeniero Benitez, necesitabas de dos horas y media de angosta ruta forestal de ripio en alta montaña primero, para luego acceder a un antiguo camino Guaraní, que según las indicaciones que encontré por internet, requerían de un guía y de la ayuda de cuerdas en el descenso final. Las fotos eran atractivas y llevaba 'demasiados' días oxidado, sin hacer nada intenso o mínimamente motivante. Me sentí atraído, casi hipnotizado por la idea de llegar allí compaginándolo con el hecho que a las 10 de la mañana, debía estar operativo en la hostería para efectuar el check-out  antes de proseguir el viaje familiar en el que estaba inverso.

El reto no era pues nada fácil. Sobre el papel, cinco horas de conducción, y otras cinco horas de trayecto a pie. Eso si no me perdía en un territorio que no había pisado nunca, sin mapas ni indicadores en el bosque más que la trazada de un camino que podía confundirse con otros caminos de pastoreo y de ruta caballar. Confié en mi instinto, y en el Angel de la Guarda que hasta ahora nunca me ha abandonado.

Puse el despertador a las 5:15 am. Avisé a mi madre para que fuera a dormir la parte final de la noche en mi habitación con mis hijos (el relevo...), comí dos piezas de fruta, y cuan Carlos Sainz de tercera división, pisé el acelerador. Era noche cerrada, ni luna, ni estrellas. Lejos de la civilización. Cero grados centígrados (invierno austral). Una insoportable radio local me hacía compañía con interminables cuñas publicitarias llenas de charlatanería. Tomaba las curvas al máximo que aquel coche de alquiler rutero me permitía.

Llevaba una semana incubando un virus que me transmitió mi hijo y que finalmente aquel mismo día, podría conmigo. Todos los indicadores eran claros: no tenía sentido intentar hacer lo que pretendía. ¿Qué iba a ganar con aquel 'paseo'? ¿Tan único era aquel lugar que merecía la pena todos los riesgos asumidos? La respuesta era racionalmente clara: no tenía sentido hacerlo. Pero allí estaba yo, hundiendo el pedal en el suelo de aquel tullido coche.
La única explicación y lo que me daba fuerza era ese binomio léxico: Dobaño Style (con mis disculpas a mi padre y hermana..., pero en google, todavía soy el 'Dobaño' con mayor repercusión cuantitativa, no cualitativa... y me gané el privilegio de apropiarme del apellido por ahora...).
Me había propuesto un reto, y este era difícil, pero factible. Debía intentarlo, dejarme la piel (no de forma literal), en el intento, y seguir demostrándome a mi mismo, que cuando las dificultades no programadas llamen a mi puerta, seré más fuerte que si me hubiera quedado en la cama aquella fría noche. Así lo veo, así lo vivo.

Llegué en 1 hora 15 minutos al inicio del camino. Que me perdonen los policías vocacionales que lean esto por el recorte del 100% del tiempo razonablemente estimado... Hay que decir en mi favor, que esa misma pista la había recorrido el día anterior y ya desde esos momentos, mi cabeza empezó a maquinar el reto, memorizando cada punto crítico del recorrido. Por suerte no hubo ningún susto.
Pero algo se me había escapado. Estábamos no muy lejos  del solstício de invierno de aquel continente, y la duración de los días era menor. Noche cerrada, cerradísima a mi llegada al km 0 de la senda. ¿Qué podía hacer con cero visibilidad y sin un triste frontal? Nada. Esperar y hacer todavía más difícil el reto de estar a las 10 en la hostería. Solo pude darle cuerda a mi capacidad de sufrimiento, sabiendo que tenía que superar todavía más complicaciones de las inicialmente planificadas. Tambien reflexioné sobre la frase que me dijeron en la hostería en la que comimos el día anterior: 'una chica vasca campeona 'olímpica' de pelota, lo hizo corriendo en menos de dos horas...' Estaba todo dicho... jeje.

A la que vislumbré un destello de claridad, salí decidido a por las termas. Ochocientos metros de desnivel negativo inicial, cerca de 8 kms de ida y un camino desconocido y oscuro entre la selva. Nado en solitario y a bastante distancia de la costa sin miedo a los tiburones de los que últimamente se habla en las costas catalanas, ni otras posibles criaturas marinas, pero allí, en la Yunga, no las tenía todas conmigo, y más con tanta oscuridad, más solo que una luna desierta aquella noche. Agarré un tronco (del todo inútil si apareciera verdaderamente algún Yaguararé), pero que me dio confianza para empezar a trotar por entre barro y oscuras piedras. Máxima tensión en mis tobillos esguinzados antaño para evitar un drama.
La confianza iba in crescendo. Miraba el relog y el reto parecía factible. Empiezo a oír el agua del río. Optimismo.

Vista de las termas desde lo alto del camino, antes del punto crítico...
Me asomo en un risco, y veo el espectáculo, dos de las ollas color turquesa, señal inequívoca de las termas. El reto iba a ser mío. Soy un ingenuo, un arrogante incluso. No iba a ser tan fácil. El tramo final era complejo según las crónicas, y sin la reflexión a la que el paso inexorable del tiempo me limitaba, tomé el primer camino descendente que creí acertado. Craso error. Aquel pseudo-camino, llevaba a un cortado de más de 10 metros de caida. El terreno era tremendamente inestable y de gran pendiente. Se deshacía a mis pies y la tracción, era mínima. Enseguida me vi obligado a usar la flora indígena para mantener mi equilibrio, pero en ese emplazamiento, plantas mallormente xerófitas poblaban la ladera. Llenas de pinchos, como clavos, y de raíces muy superficiales. Trampas malvadas y mortales para mi y cualquier otro incauto que cayera en el mismo error. Cada paso que daba, ser traducía en una pequeña herida en mi piel. En un mal paso, pierdo el equilibrio y me veo caer hacia la pendiente. Atisbo un tronco salvador. Nuevo error, aunque realmente no quedaba otra opción. El inocente troquito era de una rara especie, muy común en aquel territorio, que se caracteriza por cubrirse de espinas similares a los dientes de un escuálido...Cuando me percaté, ya me encontraba 'clavado' a él. 36 púas incrustadas en mis manos (todavía tengo unas cuantas). Sangre y dificultad para salirme de aquel atolladero. Por unos minutos me vi perdido, sin NADIE a muchos quilómetros a la redonda, sin cobertura de teléfono, sin servicios de rescate profesionales. Pero con algo de calma y cabeza fría, hay solución para casi todo, y pese a tener que remontar por un terreno extremadamente frágil, agrietado por doquier, pude progresar muy despacio, afianzándome de lo poco que había medio fiable. Tras un buen rato de estupor, me encontraba en la trazada del camino, desmoralizado y herido. Ni iba a llegar a destino, ni iba a llegar a tiempo a la hostería.
Momentos de desánimo que duraron poco, porque de repente, el camino de descenso real, se hacía visible. Algo complicado, pero perfectamente asumible.
Una descarga de adrenalina recorrió mi espinazo. La partida estaba perdida, pero aquella suma de dificultades, NO podían dejarme así. Tenía que llegar a la maldita olla termal fuera como fuera. Y así lo hice, corrí lo que mis piernas heridas daban hasta descender a la olla más alejada de la desembocadura del río Jordan.
Cascada termal entre ollas

El frío era intenso, mi estado de salud, cada vez peor, con una congestión enorme, dolor de garganta grande y el pecho muy cargado. Pero tal vez el agua sulfurosa curaría mis heridas sanguinolentas y calmaría mi afectación respiratoria. Ropa fuera, inmersión total. Segundos de paz absoluta, a más de 30 grados, bajo un agua azulada y sulfurosa. 30 segundos de calma chicha en aquella maravilla de la naturaleza (al final no era para tanto...), y sabiendo que cada minuto que pasaba, me iba a hacer más daño por estar fuera de hora.
Salí y me vestí todo lo rápido que pude.

 

Por delante, 8 quilómetros de subida (800 m desnivel positivo), y el infernal regreso por la pista forestal. Quedaban dos horas escasas para hacer lo que se suponía que requería casi seis horas...
Eché el resto. Lo que tenía, lo puse sobre el tapíz de juego... No había mucha altitud, pero la suficiente para mermar mis fuerzas, ya de por si mermadas por la enfermedad, el cansancio y el desentreno de unas semanas de casi inactividad deportiva.

Llegué al coche casi con lágrimas en los ojos. Absolutamente fundido y sabiendo que era imposible llegar a la hora. Gracias a que me llevé el teléfono de mi padre (el mío lo perdí una semana antes), pude escribir mientras corría un sms que enviaría a mi madre cuando viera una ralla de cobertura. El sofoco que llevaba metido en el cuerpo hizo evaporar hasta empañar los vidrios del coche en tan solo dos segundos. Otro contratiempo. No veía NADA. Tuve que abrir las ventanas y dejar que el aire a dos grados centígrados, entrara a discreción en el coche mientras volaba. Ideal para mi gripe. Curva a curva, el peligro crecía. Ya era una hora de trasiego y me cruzaba con motoristas, camiones, microbuses, todoterrenos... Qué estrés...

SMS enviado. Al menos salvaba el malestar por preocupación de mis padres, que ya era mucho.

Finalmente, freno de mano puesto frente a la hostería. 'Solo' 15 minutos tarde... Mis padres ni se imaginan lo que esa pequeña aventura ha supuesto para mi. Mis manos quedaron con dos lesiones temporales tendinosas por la tensión y presión con la que tuve que apretar el volante durante la ruta. La familia de virus que poblaba mi cuerpo hizo una fiesta cuando quedé plenamente a su merced tras ese desgaste (a la noche estaba con casi 40 de fiebre). Me esperaban  ese mismo día casi 500 quilómetros de ruta en buena medida por montaña y tramos de ripio. Sobrevivir hasta la noche fue duro, muy duro.

Momentos antes de entrar en olla termal; mi rostro delata el sufrimiento y el frío
Peor cara aun, pero prefiero no ocultarla...
Y ahora uno hace balance y piensa: ¿mereció la pena asumir tantos riesgos para conseguir tan poco a cambio? Todos los que hayáis aguantado hasta aquí la lectura, seguramente pensareis que no, como una parte de mi, la que sufrió las consecuencias en vivo. Pero la parte que todavía manda en mi vida, la que rige mi destino, cree que evidentemente mereció la pena, porque si hubiera parado el despertador y me hubiera dado la vuelta, si  hubiera regresado cuando vi que era noche cerrada al llegar, o si hubiera reemprendido el camino hacia el coche tras estar al borde del precipicio, entonces sí que nada tendría sentido. Y ya no podría ser merecedor de ese sobrenombre, ya no me vería capaz de seguir luchando por seguir vivo.

No traten de hacerlo en sus casas...









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